Por Jhon Boretto, presidente de la Comisión de Posgrado del Consejo Interuniversitario Nacional y rector de la Universidad Nacional de Córdoba.

El ideario común de los universitarios y las universitarias de nuestra región se distingue por el propósito de construir instituciones de educación superior que se sientan responsables y partícipes de los desafíos de sus sociedades en todas las dimensiones.

La idea de que no debemos asistir pasivamente a las transformaciones de nuestra época, sino que debemos involucrarnos con las necesidades de la ciudadanía, es nuestro rasgo particular.

Resulta evidente la necesaria sintonía del progreso de nuestras universidades con la calidad de la democracia en cada uno de nuestros países. Solo en un ámbito de pleno respeto de las libertades ciudadanas puede desarrollarse un modelo de universidad autónoma y vinculada con las necesidades de nuestras sociedades.

Considerar a la democracia y a la autonomía universitaria como valores instalados definitivamente puede derivar en una suerte de desapego, una sensación de invulnerabilidad del sistema que hace parecer innecesaria la vigilia constante en la defensa de sus principios. No debemos caer en la tentación de mantener una mirada estática, excesivamente defensiva, que nos haga perder de vista la necesidad de repensar el contenido permanentemente, la significación y el rol de nuestras instituciones en este particular momento de nuestra región y el mundo.

La universidad fue y es la responsable de redactar el testamento cultural que cada generación debe sentirse obligada a entregar a la siguiente. Ninguna investigación hace prospectiva sin recoger el ayer. Ningún conocimiento puede generarse sin el registro del anterior, sin la memoria de las ideas precedentes, sin las herramientas construidas en el pasado para el análisis teórico o la experimentación en el laboratorio. Todo conocimiento sólidamente generado pasa a formar parte del enorme archivo que usarán quienes nos sucedan. En gran medida, este rol fue la clave de nuestra trascendencia en el tiempo.

 

Debemos ser conscientes que nuestra responsabilidad se extiende hacia el futuro. Debemos imaginar instituciones lo suficientemente flexibles como para encarnar las expectativas de quienes serán los universitarios del mañana.

 

Pero además, nuestro desafío es prepararnos y preparar a nuestras y a nuestros estudiantes para aprender sobre lo desconocido, para revisar varias veces en sus vidas los conocimientos que han adquirido y para adaptarse a profesiones o carreras que, probablemente, se transformen radicalmente en apenas un par de décadas. El compromiso que asumimos de educar durante toda la vida se convierte en una prioridad.

Debemos ser conscientes que nuestra responsabilidad se extiende hacia el futuro. Debemos imaginar instituciones lo suficientemente flexibles como para encarnar las expectativas de quienes serán los universitarios del mañana. Pensar el mundo que viene es ser capaces de anticiparse, de encontrar en los riesgos de los problemas globales emergentes una oportunidad para que el conocimiento y la educación sean la llave del desarrollo.

Si las demandas del mundo y de la ciudadanía cambian de manera tan vertiginosa, la universidad debe pensar respuestas para acompañar esas transformaciones desde la construcción del conocimiento. Las respuestas para ámbitos de vacancia no pueden tardar décadas, pues entonces la universidad no está cumpliendo su misión. No es tiempo de seguir fragmentando el conocimiento, sino de articularlo, interrelacionarlo y potenciarlo para producir respuestas innovadoras a los retos que tenemos por delante.