Crónica de una odisea. El Taller Anual del SIU y una valija de 1.000 kilos. Por Andrés Alvarez, fotógrafo del Consejo Interuniversitario Nacional.

Me habían dicho que el Taller Anual del Sistema de Información Universitaria (SIU) era intenso y no les creí. Miré el programa y no les creí. Me lo dijo Emi, me lo dijo Leo, me lo dijo Sofi y tampoco les creí.

Unos meses antes se hizo la reunión pretaller en la que el coordinador del SIU y las personas encargadas de la organización informaron cómo iba a ser el taller (​esta vez iba a ser en Mar del Plata), el alojamiento, las tareas a cumplir, los grupos de whatsapp, etc. Ese día me invitaron a la reunión y me presentaron en sociedad, por decirlo de alguna manera, aunque ya nos conocíamos desde hace algunos años. "Y este año también va a venir Andrés así que vamos a tener fotógrafo oficial del evento", dijo Emi, señalándome. Todos se dieron vuelta a mirarme y, entre aplausos y sonrisas, percibí alguna mirada que me decía "¿en qué te metiste?".

Se acercaba mi primer Taller Anual del SIU y el primer taller con un fotógrafo asignado para 1.200 personas inscriptas (hasta el momento).

El taller iba a ser los días jueves 30 y viernes 31 de octubre y, como la consigna era llegar el miércoles 29 antes de las ​17 ​horas, saqué el pasaje para salir de Lomas de Zamora el miércoles a la mañana. La vuelta sería el domingo porque con Mariana, mi novia, decidimos pasar el fin de semana en Miramar. Ella viajaría el viernes a la noche para encontrarnos. Mi valija pesaba como 15 kilos: llevaba un juego de sábanas y un acolchado porque en esa época en Miramar todavía hace frío y en el departamento que estaríamos ya sabía que no habría ropa de cama. 

Mi idea era llegar a Mar del Plata al mediodía, instalarme en la habitación e ir a la playa a pasar el rato y sacar unas fotos para ya tener una idea del espacio de la foto grupal sobre la costa, pero no pudo ser.

A mi no me gusta viajar en micro y menos de noche así que no la iba a pasar tan mal si viajaba de día, pensé. Aparte saqué cama y butaca individual para asegurarme de no tener que compartir el espacio con nadie. El micro llegó a horario a la terminal de salida, un Plusmar nuevo, y salió a las 7​:15 de Lomas. El chofer, cuando guardó la valija, me preguntó si me mudaba. "Algo así", le respondí. Salimos, pasamos por Lanús, Avellaneda, y cuando llegamos a la terminal de Florencio Varela la veo a Orne, una compañera de la oficina. Ella viajaba desde Monte Grande y la hicieron cambiar de micro ahí. Subió y se sentó atrás mío así que, de casualidad, viajamos juntos. Tomamos unos mates, charlamos un rato y ella enseguida se quedó dormida. Yo no dormí nada porque, como dije antes, no me gusta viajar en micro.

El viaje venía muy tranquilo, era un día soleado y casi sin tráfico por la Ruta 2 cuando, de repente, escuchamos una explosión seguida de un tac, tac, tac. Había explotado una de las ruedas de atrás. Para mí, que no me gusta viajar en micro, pasó a ser una experiencia no tan buena por más ​que ​tuviera el cinturón de seguridad ​abrochado (es necesario estar seguro de no voy a salir volando si llega a haber un accidente).

Bajaron los choferes a ver qué había pasado. Volvieron, nos comentaron de la explosión y dijeron que iríamos hasta el peaje de Maipú, que estaba cerca, para esperar ahí, con más comodidad, el auxilio mecánico. Cuando llegamos al peaje y bajamos del micro, aprovechamos para estirar las piernas, ir al baño y cargar el termo. Con Orne nos sentamos en el cordón de una vereda para seguir tomando mate mientras mirábamos cómo pasaban los autos. El auxilio iba a tardar por lo menos una hora en llegar. Estábamos a solo 120 kilómetros de Mar del Plata y mis planes se iban diluyendo.

 



Llegó el auxilio en un Fiat Duna destartalado y se puso a trabajar. Yo lo miraba y pensaba que en cualquier momento íbamos a tener que auxiliar al auxilio. Después de un rato, cambiaron la rueda, subimos al micro y seguimos viaje. Llegamos a Mar del Plata 2 horas después de lo previsto​, comimos algo en la terminal y esperamos a Juli, Geni, Jor y Flor que estaban por llegar en otro micro. Al hotel entramos recién a las ​1​7. Me registré, subí a la habitación a dejar la valija de los ​1​.000 kilos, fui a ver el espacio para la foto grupal y volví al hotel. Esa tarde no hubo tiempo para ir a la playa a tomar mate.

Nos hospedamos en el mismo hotel en el que se iba a hacer el evento. Leo, Tobi y yo compartimos la habitación 1607 en el piso 16​ que tiene una hermosa vista al mar​. ​Fue una pena que no bajáramos la persiana esa noche y el jueves nos despertáramos con el sol del amanecer y no con el despertador. 

La acreditación empezaba a las 8:30 así que a las 7 bajamos a desayunar para hacer todo con tiempo. Mientras desayunábamos, me contaron que, al final, había casi 2.000 personas inscriptas (luego se acreditaron 1.500 efectivamente). Tomé un café con medialunas, subí a la habitación, me cambié, agarré mi equipo, la credencial y a las 8 bajé a la oficina que teníamos reservada. ​

Cuando empecé con las fotos el lugar ya era un caos. Gente por todos lados, el personal del SIU ubicado como en U en el ​l​obby del hotel, similar a los vendedores de los locales de artículos para el hogar, recibiendo e indicando los pasos a seguir. El salón principal, donde después se realizó la apertura del taller, estaba repleto. Mientras registraba la acreditación, entre reencuentros, risas y abrazos, trataba de recordar los salones en lo que se iban a dictar las actividades: Salón Atlantic, Salón Topacio, Salón Muelle Azul, Salón Aguamarina, Salón Piscis y Salón Coral divididos en 3 pisos, más un aula en el Rectorado de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP) y otras 2 en la Facultad de Derecho también de la universidad. Atlantic, Muelle Azul, Aguamarina, Topacio, Muelle Azul, Muelle Azul... OK, después veo cómo me organizo, recalculé.

​E​l acto de apertura duró menos de una hora. Cuando terminó fui a la oficina a descansar un poco del bullicio del salón y ya estaba estresado. Después me di cuenta que todos hacíamos lo mismo: nos encerrábamos un ratito en la oficina, decíamos "qué quilombo", descansábamos y volvíamos a salir.

Durante la mañana hubo dos charlas más, el almuerzo durante el que aproveché para descargar fotos y a las 12:30 la foto grupal en la costa, ​p​asando el puente de los candados. Por suerte la gente de la UNMdP se dedicó a acomodar a las 1.500 personas para que entren en cuadro y no tapen a las autoridades. Volvimos al hotel, ​t​erminé de almorzar y seguí editando un poco más. ​Y ahora viene lo bueno. A las 13:30 comenzaban las 25 actividades de la tarde entre charlas, talleres y una comisión. Primero Topacio, Aguamarina y Muelle Azul, después Piscis, que me queda de paso, después Coral, Aula Magna, Atlantic y de nuevo a Muelle Azul o como se llame esa del segundo piso donde se van a vestir de cocineros.

La última charla terminó a las 19. Yo corté a las 20:30, exhausto. A las 21 era la cena así que me bañé rápido y bajé porque las ubicaciones eran por orden de llegada. Mis compañeras fueron más rápidas así que cuando llegué al salón, por suerte, ellas ya tenían una mesa elegida para todos. La cena vino bien para relajarnos. Comimos paella, tocó una banda de cumbia, bailamos y nos acostamos como a las 3 de la madrugada.

El viernes fue más tranquilo aunque el cansancio acumulado se hizo sentir. Desayunamos más tarde y a las 10 empezaron las actividades. Hubo 9 en simultáneo. Topacio, Aguamarina, Piscis... Ya no importa igual, hasta donde llego, llego, pensé. A las 13 fue el acto de cierre, nuevamente con el salón repleto, y a esa altura ya tomaba fotos por inercia. Pasaron los discursos y los reconocimientos correspondientes que dieron fin al taller para casi todos: a mí todavía me faltaban algunas horas de edición.​ ​P​ara colmo, a las 16 las habitaciones tenían que ​quedar libres porque estaban reservadas así que apenas terminó el taller subí a armar la valija de, para ese momento, los 10.000 kilos. Bajamos con todos los bártulos con Leo y Tobi y nos quedamos charlando en el lobby mientras ellos esperaban su micro.

Yo​, a eso de las 17, ​fui al comedor para sentarme a editar así ya me sacaba todo de encima. Terminé después de las 20 y volví a la recepción con la valija, la notebook y la mochila con mi equipo. El recepcionista me pidió un taxi hasta la terminal para tomar el Costa Azul y emprender viaje a Miramar. Cuando el taxista guardó la valija en el baúl me dijo: "¿Te mudás?". "Algo así", le respondí.