Una crónica de la tercera Marcha Federal Universitaria, ninjas y grandes pancartas perdidas. Por Marina Dioguardi, jefa del Departamento de Prensa y Comunicación Institucional del Consejo Interuniversitario Nacional.
La organización de la movilización de ese día parecía un déjà vu: quienes se alistaban para tener todo listo a la hora de salir de la oficina eran las mismas personas de las veces anteriores, los almuerzos apurados que se aceleraban, el protector solar y las gafas de sol, las botellas de agua fresca y un abrigo en los hombros. Íbamos hacia la Plaza del Congreso por la defensa de lo que creemos (o que se aparenta creer en algunos casos).
Era la tercera vez que se encaraba la misma rutina. La primera de las marchas, en abril de 2024, había representado un hito de convocatoria. Se calculó que más de un millón de personas en el país le habían planteado un límite a la gestión del Poder Ejecutivo. O eso creímos. La segunda movilización, en octubre del mismo año, tuvo más organización y sostuvo los reclamos. Ese 17 de septiembre, fecha relevante en mi biografía personal, la tercera marcha federal universitaria se presentaba como diferente porque íbamos a acompañar en simultáneo la votación del tratamiento del veto a la Ley de Financiamiento Universitario, nuestra ley, en el Senado de la Nación.
No voy a ser necia: en estos dos años hubo quienes callaron sus convicciones en mi entorno porque desde este espacio se volvió algo mal visto renegar del "universidad pública siempre". Ese mediodía un grupo de mis compañeras y de mis compañeros no despegaba la vista de sus monitores y evitaba las miradas. Los jefes no decían nada porque, evidentemente, querían evitar cuestionamientos de presiones que ya habían tenido en otras oportunidades. Esta vez se dijo: si no quieren ir, no vayan. Y así fue: demasiado ampliamente no fueron en nuestra caravana.
En cuanto a la gente de mi equipo, creemos en lo que defendemos quizás por los años dentro del sistema. O puede ser por el tiempo de labor conjunta, no lo sé. Nuestras ideas políticas no son las mismas pero en esto nos unimos y decidimos tirar para el mismo lado, por convicción y no solo por trabajo. Y nos esforzamos por sostenerlo aunque no siempre sentimos el respaldo de las autoridades. También creo que estos conceptos se replican en las convicciones de quienes habitan el país. La defensa de la universidad pública es algo que nos une incluso con ideologías opuestas a nivel general. La universidad pública es el orgullo argentino y eso hace ruido.
Algunas cosas aprendimos en las dos movilizaciones anteriores y, por eso, no me despegué de nuestra pancarta porque sabía que no iban a cuidarla. Nuestra bandera, una lona blanca con el logo de Universidad Pública Argentina inmenso, era pesada para esa caminata, no me lo nieguen. Y digamos que para mi contextura física era bastante incómoda de trasladar. Pero nadie en la caminata hasta el Congreso se ofreció a ayudar porque me vieron muy enojada con la pérdida que hubo de la primera bandera en las movilizaciones anteriores. Prefirieron no volver a tentar a la suerte y la dejaron a cargo de quien sabían que iba a cuidarla. Igual, hubieran podido llevarla algunas cuadras...
Creo que, en realidad, nadie sabía del todo quiénes íbamos a marchar y quiénes no. Por eso, cuando bajamos desde el cuarto piso en el que está nuestra oficina, nos quedamos esperando un rato a ver si alguien más venía. Pero nadie más bajó. Y salimos. Mi bandera y yo. La promesa era que capaz iba a servir que estemos ahí. Mi ilusión era que valía la pena perderme de abrazar a mi sobrina mayor en su cumpleaños número 17. El destino quiso que se sintiera aún más el esfuerzo para mi caso y, capaz, así la recompensa iba a ser más gratificante. O eso quise creer.
Ya en la plaza, después de las primeras fotos, y a unas cuadras del escenario armado, todo se aceleró porque se supo que la votación de las y los senadores avanzaba rápido. Me crucé con Adrián de UNPAZ, Yésica de la UNAHUR y Julieta de la UNDAV. Los gremios nos armaron una especie de pasillo para llegar al escenario de manera acelerada. Y casi corrimos unos 300 metros con las rectoras y los rectores. El rector de Ezeiza se disfrazó de ninja en el camino y agarró en el aire una mano que intentó robarle una cadenita de su cuello. Será parte de la épica en la leyenda supuse entonces.
En el escenario, sí tuve ayuda para colgar nuestra bandera y nos dispusimos a seguir la transmisión en una pantalla gigante. En el senado debatían y exponían de a uno. Las voces libertarias eran abucheadas y la reflexión del exrector y expresidente del CIN Fama fue aplaudida entre alaridos. Cuando se consiguieron los votos, primero, para sostener la emergencia pediátrica, todo fue emoción. Hubo un breve silencio con la votación que siguió, luego, de nuestra ley. Y se superaron los dos tercios también. El veto no se sostenía en la cámara alta y ya se sabía que la tendencia en Diputados era más favorable incluso. También esa tarde nos representaba dos tercios de la batalla ganada. Y fue euforia. Hubo abrazos insólitos como si estuviéramos en la popular de una cancha. Ahora lo recuerdo y la piel se me eriza otra vez.
Los discursos fueron de agradecimiento, de emoción. Se saltó, se lloró e intentó no pensar. Todos sabíamos que no iba a alcanzar porque en el país en que vivimos las leyes ya no legislan, las normas no son suficientes. Esa tarde preferimos mirar para otro lado y gritar que el pueblo argentino defiende a la universidad pública. Sí, ya sé, también tenemos que ver que con eso no alcanza. Pero a la vez ,como en nuestro entorno, hay quienes saben que esto está mal, que vivimos en una república así que las leyes son nuestro gobierno. Como intuíamos ese día, las diputadas y los diputados sostuvieron su decisión y dieron de baja ese veto después, pero no fue suficiente...
Ahora mi bandera fue colgada en el segundo piso del edificio del CIN, en una oficina que está próxima a inaugurarse y que servirá para las reuniones del Comité Ejecutivo, un salón que hemos llamado "Gratuidad universitaria". Obvio que la traje de vuelta. Allí espera no tener que volver a marchar por el mismo reclamo y solo servir de un recuerdo del orgullo por nuestra universidad pública. Siempre. Defender nuestros derechos es defender nuestro futuro. El mío y el tuyo, el de todas y todos.